ARTE  |  Sep 2010

Espacios públicos, convivencia ciudadana y teatro

Fotos: TIET 2010

La idea del espacio público como un lugar de libre circulación, dominio público y uso social colectivo es fundamental también para actividades de socialización y esparcimiento.

Por Jennifer Valiente

El espacio público, concebido como un lugar de libre circulación, dominio público y uso social colectivo es necesario tanto para la satisfacción de necesidades básicas (transporte, tránsito de personas y materiales, comercio, etc.) como de aquellas actividades de socialización (relaciones, identificación y expresión colectiva) que permiten la construcción de un tejido social saludable.

Entre los espacios públicos urbanos de San Salvador, especialmente en lo que ahora se conoce como Centro Histórico, las plazas jugaron un papel importante en la socialización y convivencia ciudadana durante la primera mitad del siglo XX, dándose en ellas diferentes actividades sociales: actos políticos y militares, así como artísticos y culturales, e inclusive tecnológicos y científicos. Varios factores se conjugaron en el deterioro de las plazas y parques como lugares de convivencia ciudadana a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado y aunque algunos, como la represión e inestabilidad social en el pasado conflicto armado, ya han sido solventados; otros como la  violencia, delincuencia, deterioro físico  e inseguridad ciudadana, continúan vigentes, si bien en menor medida que hace una década, pero siempre dificultando la recuperación y desarrollo de estos espacios de convivencia ciudadana.

Algunas plazas sirven actualmente como espacios para el desarrollo de actividades políticas o religiosas, sin embargo, sigue sin desarrollarse la dimensión lúdica y artística de estos espacios, que puede abonar al sentido de identificación, seguridad y convivencia  ciudadana de diversos sectores, tan necesarios para el desarrollo de la identidad y sentido de seguridad en la capital. Es aquí donde el teatro de calle resulta un espacio de juego, convivencia y esparcimiento ciudadano que puede y debe ser integrado al paisaje urbano.

Por su naturaleza y estructura, el teatro de calle difiere totalmente del espectáculo en una sala. El teatro de calle puede ser desarrollado en espacios públicos abiertos: calles, zonas peatonales, plazas, fachadas de edificios públicos y otros con gran afluencia de personas, donde se busca el encuentro, muchas veces casual, entre el espectador y el espectáculo.

El teatro de calle puede combinar diferentes propuestas escénicas: circo teatro, danza, títeres en gran formato  e incluso incursionar en el performance o la instalación, pudiendo buscar o no la interacción directa y participación del público en tránsito por el espacio y en ocasiones, como en el ‘teatro invisible’ de Augusto Boal, el público puede pasar desapercibido el espectáculo teatral, integrándolo a su experiencia cotidiana.

La accesibilidad del espacio público es trasladada al teatro de calle, el público no necesita pagar una entrada, trasladarse hacia el edificio teatral o vestir ropa formal para  presenciar la obra teatral, es el espectáculo el que interviene en el espacio, irrumpe en la cotidianidad urbana y transforma el espacio público en un lugar de expresión social a través del arte, en un espacio lúdico donde el ciudadano puede darse licencia para el goce estético y recuperar de esta forma, su dimensión humana, mecanizada por el ritmo de vida cotidiano.

 

 

Aunque en nuestra experiencia y atendiendo a la realidad en la que el oficio escénico se desarrolla en El Salvador, hemos desarrollado espectáculos para espacios no convencionales, es decir, que se representan en espacios que no son necesariamente edificios teatrales, los diferenciamos de aquellos espectáculos que son concebidos como teatro de calle.

En el espectáculo de calle, la utilización del espacio público y sus condiciones físicas, el tránsito de personas, así como las condiciones climáticas y de iluminación del lugar son condicionantes para la construcción dramatúrgica del espectáculo, así como para la hora en que será representado. Al tener en cuenta estas variantes, el espacio deja de ser  solo un paisaje de fondo o un elemento inerte y pasa a convertirse en una parte integral del  diseño dramático y un lenguaje más a ser integrado en el espectáculo.

En diciembre de 2008 el TIET creó el espectáculo “La fiesta de los Djinn”. Este fue concebido como un espectáculo de teatro de calle, donde la historia de la creación del fuego por los Djinn, genios del fuego, es el punto de partida para una sucesión de danza y juegos malabares, donde el diálogo es sustituido por la música, el movimiento en el espacio y la expresividad del cuerpo del actor para desarrollar el espectáculo, desde un estado onírico hasta la exaltación de ánimo del final, donde el espectador se ha identificado plenamente con el espectáculo y participa de él. Para la elaboración de este montaje se tomó como punto de partida las plazas públicas y la dinámica de las personas que transitan por ella.

Desde esta visión, el espectáculo inicia con un ritmo lento, de suspenso, propio para que los transeúntes se pregunten qué sucede y puedan aproximarse al lugar con el tiempo suficiente como para no quedar desubicados en la acción que se desarrolla. Poco a poco el espectáculo toma otro ritmo y el público comienza a sentirse involucrado en la sucesión de acciones, hasta que hacia el final del espectáculo, el espectador se siente lo suficientemente cómodo como para elegir ser parte de él. Sin embargo, la parte más interesante de esta experiencia, surgida en y pensada para un entorno urbano, vino cuando llevamos el espectáculo a los pueblos en el interior del país.

En los lugares a donde se llevó el espectáculo se repitió la experiencia: un público poco familiarizado con este tipo de espectáculos, muy tímido al principio, pero que sin embargo poco a poco se apropió del espacio lo suficiente como para sentirse seguro de participar, un factor que contribuyó a esto fue el hecho de que en los pueblos se conserve la tradición del carnaval, las danzas tradicionales y manifestaciones culturales de las cofradías, que involucran la participación del público, no solo como espectador, sino como parte del espectáculo, además de ello, a diferencia de la ciudad, en los pueblos, los espacios públicos conservan mucho mejor las funciones que se anotaron al principio de este artículo.

Todo ello propició el buen recibimiento que el espectáculo tuvo  en el interior del país, reforzando nuestro entusiasmo por la propuesta y las ideas que originalmente nos llevaron a realizarla.

La magia del teatro de calle consiste en atrapar dentro de su magnetismo al transeúnte casual y convertirlo en el participante del espectáculo, en transformar la calle en el espíritu del teatro: el encuentro y común unión entre actor y espectador

Jennifer Valiente, actriz salvadoreña y directora del TIET. Correo-e: proyecto_escenario@yahoo.es