LITERATURA | Abr 2010
Microcosmos urbanos en autobús
Cae la noche. Rogelio aguarda impaciente en una parada del centro de San Salvador por un autobús que lo lleve a su hogar en los suburbios del norponiente de la ciudad. El aburrimiento lo obliga a desviar levemente la mirada hacia su reloj Kenneth Cole y luego mete la mano hasta el fondo de sus bolsillos para sacarse una ‘cora’.
Por Orlando Merino Recinos
Abril 21, 2010 09:19 am
Rogelio no olvida que se encuentra en un barrio de mala reputación y toma precauciones guardando su celular dentro del attaché, lo mismo que su esclava, y oculta su reloj bajo la manga de su camisa.
El autobús se tarda más de lo acostumbrado. Es muy probable que el ‘chuzón’, como se le conoce al autobús, se haya quedado en algún retén policial en la Alameda Juan Pablo II por haberse pasado el semáforo en rojo, o que una extensa fila de pasajeros lo haya entretenido.
A Rogelio le sobra tiempo para pensar; tararea por ratos. Mientras espera, en la acera de enfrente un par de borrachines que salen de un chupadero botella en mano, tambaleantes, ahogados en licor, profieren palabras incomprensibles, y pasado un momento, un extraño se le acerca y le pregunta: “Tiene que me regale una moneda; me hace falta para el pasaje y voy hasta la Terminal de Oriente…” Rogelio desconfía que aquello sea verdad, lo ve de reojo, pero, sin hacer preguntas, registra su bolsillo y le entrega una moneda de cinco centavos.
El bus está por llegar, piensa Rogelio. Su mente, absorta en otros recuerdos, le hace recordar el primero de muchos viajes que hiciera en su vida a bordo de un ‘chuzón’... Recordaba como empezaba su jornada para irse al kínder, la taza de leche caliente que debía tomarse antes de salir de casa, para luego, a toda prisa, acudir a la parada acompañado de su tío Felipe. El gigantesco autobús Blue Bird de exteriores azul y blanco, hacían honor a su nombre; tenía una ruleta de entrada y salida, y disponía de veinticinco banquetas acolchonadas forradas de un material sintético color verde y un piso de láminas metálicas con altorrelieves capaces de rayar las más finas suelas de zapatos. Las ventanas estaban compuestas por dos fuelles, uno fijo y otro desplegable, y un cierre de presión con resorte incorporado se encontraba en su extremo superior. Barrotes de hierro cromado emergían de los respaldos de las banquetas y dos barras estaban soldadas al armazón del autobús; estas se hallaban forradas con cintas trenzadas de dos o más colores y le llamaba mucho la atención que un cable tensado produjese un sonido hueco y que con ello se avisara que un pasajero iba a bajar. En otros autobuses donde no se contaba con esa tecnología del cable tensado, bastaba que el cobrador pregonase el tan acostumbrado “¡¡Vesa, vesa, que bajan!!” La parte superior del tablero de mando así como el techo de aquel chuzón de infancia no evidenciaban todavía ciertos ornamentos que ahora son infaltables en todo autobús de pasajeros urbano: luces de neón, descomunales consolas de música, banderines de los equipos Barca o del Real Madrid y calcomanías de estampas religiosas o mensajes cristianos que comparten un mismo ambiente con serigrafías sobre temas jocosos, pegados en el cielo del interior e incluso, en los espejos retrovisores, peluches colgantes y hasta fotos del chuzón para atraer las “buenas vibras”.
Rogelio reflexionaba sobre cómo aquel vehículo era un eslabón que integra el mosaico de la ciudad y cuya dinámica de transporte de pasajeros era el modus vivendi del conductor, de los mismos usuarios y del cobrador. La gente aborda el ‘chuzón’ día tras día, para llegar a sus trabajos, a sus hogares, para visitar a sus parientes…, para salir de paseo...
Pero más allá de eso, Rogelio pensaba también en el ‘chuzón’ como un circo, una pasarela de modas o un teatro en el que cada pasajero, incluido él mismo, formaba parte de un elenco con una historia que contar, brindando funciones continuas. Todos y cada uno, actores abanderados en el anonimato, abren función sin cesar, sólo el golpe hueco del cable indica la alternancia, unos suben y otros bajan… No hay programación, no existe otra regla que pagar el pasaje; el escenario se funde con los pasillos, pues a las horas pico hay llenos totales. Público y actores son uno mismo, sólo es posible distinguir uno de los otros cuando alguien se ha logrado un espacio en la codiciada banqueta.
El casting para montar la obra convoca por igual a albañiles, vendedoras de mercado, empleados en general, ejecutivos de banco, operadores de call-center, estudiantes y amas de casa, seleccionados al azar para interpretarse a sí mismos, desconociendo la vida de quien va a su lado. El libreto de la obra es pura improvisación, cada quien expresa lo que quiere… se oyen quejas, chismorreo altisonante, conversaciones por celular y alguna venta “de cachada” a la que es difícil resistirse. Todos convergen en el microcosmos urbano conocido como Chuzón.
Por fin el autobús llega a la parada. Rogelio se apresura a subir, el conductor extiende la mano para solicitarle el pasaje y él emprende la búsqueda de una banqueta iluminada por las luces neón. Se sienta a la par de una señora de aspecto robusto que luce un vestido sencillo y un delantal blanco de dos bolsas cargadas de abundante suelto. Su cabello recogido dejar ver las primeras canas y su rostro moreno evidencia los daños de una excesiva exposición al sol. En su canasto de junco la señora lleva los sobrantes de la venta del día: bolsitas de “mango chuco”, llamado también mango con alguahste, tostadas de plátano y de yuca frita con salsa picante y limón, que han sido el deleite de colegiales en horas diurnas.
En ese instante sube al chuzón un payaso con toda su familia y captan de inmediato la atención de todos los presentes; se encienden las marquesinas entre luces de neón y principia el hilarante show…
“Teeeeeeeengan todos ustedes muy buenas noches. Somos los personajes que llevamos alegría a toditos los rincones de mi tierra El Salvador… Pirulito, Chimbombito…”
”¡Ah, conque vos te estás olvidando de mí!”, lo interrumpe la payasita.
”Sí, sí, se me olvidaba presentarte, vos… Ella es la hija de mi suegra, pero para que me crean traigo un único testigo, fruto del amor entre este guapo payasito y la hija de mi suegra. Ustedes dirán qué bello es este niño, es el retrato del papá, con esos ojos, con ese charm… y me darán la razón que no es un fruto, como dijo el doctor que lo vio nacer, porque si fuera fruto, con los años se volvería una ciruela-pasa como usted, mamaíta linda, sí, usted, la señora del canasto… Ya voy, mamaíta linda… Señores, les presento a mi suegra…”
Chimbombito se sienta sobre el regazo de la señora, quien momentos antes había cambiado de lugar con Rogelio para tomar lugar a la orilla de la banqueta. El cómico payasito se acomodó, abrazó su cuello y cruzó las piernas de un modo sugerente por encima del canasto de la venta.
Luego Chimbomito se levanta y continúa diciendo: “Pirulito ha estudiado lenguas: la chambrosa, la del sapo, la de res…” “No, Chimbombito, las lenguas son los idiomas”, replica Pirulito,
”A ver, Pirulito, ¿cómo se dice papá en inglés?... “f-a-d-e-r”, ¿y madre?.. “m-o-d-e-r”... y suegra en inglés, “LA TERMINAITOR”… ¿Y por qué se le dice así? Porque me echó una mirada de odio y me dijo “Hasta la vista, beibe”... Y ahora… ¿cómo se dice en alemán? “Nostórrbenn”… La audiencia rompe en carcajadas
”El pasaje, el pasaje…”, repite Pirulito, mientras que Chimbombito hace un llamado a la solidaridad… pues es tiempo de dar, es tiempo de Teletón y pasa a pedirle a cada uno su colaboración, pues quiere que todos se conviertan en su héroe Teletón. “...Así nos ganamos la vida nosotros los payasitos, para traerles un momento de alegría a cambio de una moneda para comprar aunque sea una tortilla, pues es mejor ganarse dignamente el pan de cada día, que andar haciendo alguna picardía”.
Bajan del chuzón los payasitos, perdiéndose entre las sombras, llevándose generosos aplausos y escasas propinas.
Sube un mendigo a pedir por-caridad-lo-que-sea-su-voluntad para costear una operación que necesita luego de sufrir una estrepitosa caída de un árbol en un barrio ilustre del viejo San Salvador. Su lenguaje es por demás elegante, se dirige con respeto a la audiencia y pareciera que sus palabras acarician como el pétalo de una rosa.
La gente ayuda como puede, si bien algunos prefieren fruncir el seño en muestra de renuencia, más por temor a “los ladrillos”, como son llamados por el vulgo los ladrones, que bajo la piel de oveja ocultan sus maquiavélicas intenciones; otros, en cambio, sorprenden con un gesto extraordinario, sacando algún comestible de entre sus pertenencias.
Sigue el autobús su trayecto, atravesando las tinieblas que se ciernen sobre la ciudad, pasando los barrios más viciados, invadidos por trabajadoras del sexo, bares y cantinas, hasta arribar a suburbios más hospitalarios, donde se encuentran comercios más honorables que cerraron al público hace horas y en el que ahora imperan el tráfico y el smog, al que se suman los fumadores.
Por fin, tras casi media hora, Rogelio ha concluido su viaje. Baja en la parada de “El Caballo de Hierro”, a escasos metros de “la Chulona”, cuyo nombre real es Monumento a la Constitución, del boulevard del mismo nombre.
Se sabe en un sitio de confort, pues está ya muy cerca de su casa. Entonces viste su esclava, se arremanga la camisa y camina con rumbo sur, todavía meditando en aquella ocurrencia de que su viaje en autobús retrata un microcosmos urbano.
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Orlando Merino Recinos, abogado de profesión, realizó estudios superiores en la
Universidad José Matías Delgado de El Salvador. En el 2007 obtuvo un galardón por su compendio
"Quinientos Años de Historia Brasileña" en el Primer Certamen Brasil de Monografía 500 Años.
En la actualidad se encuentra becado por el gobierno brasileño en Porto Alegre, Brasil.
GLOSARIO
Cora: Angl. ‘Quarter’. Moneda de veinticinco centavos.
Chuzón: Vox pop. Autobús.
Chimbombito: Vox. Pop. Pelotita, que tiene forma de esfera o pelota.
Chulona: Vox.pop. Desnuda.
¡Vesa, vesa!: Vox pop. Interjección resultante de la aféresis de “avisa”, para indicar que el autobús debe detener la marcha para permitir el flujo de pasajeros.
Venta “de cachada”: reventa de mercadería a precios bajos, obtenida de robar el cargamento de furgones o producto del contrabando.
Mango chuco o mango con alguahste: Condimento utilizado en la gastronomía salvadoreña, obtenido de la pulverización de la semilla de calabaza.