LITERATURA  |  Mayo 2010

Epicentros

ARTE: Ricardo Portillo. EL SALVADOR

¿Cómo escoger el mejor fragmento de una novela para publicar? Difícil tarea para cualquier editor que se aprecie de eficiente, en particular si hablamos de una novela de más de quinientas páginas. Pero es lo que hemos intentado con la novela “Epicentros” –aún inédita– de nuestro editor en jefe Armando Molina. La saga es la de un escritor proscrito que lleva una vida “razonablemente tranquila, dedicado a sus indulgencias: el arte de pensar en la muerte o el juego de especular sobre el infierno de los demás”, nos dice el protagonista. El tema de fondo es la vida del artista y la narración es una alegórica reflexión sobre el arte y sus misterios. Pero Molina es también un agudo observador de la sociedad salvadoreña y sus idiosincrasias, entre ellas la violencia y el cinismo social, la guerra y sus víctimas y el rol salvador del arte en una sociedad dura e indiferente al sufrimiento. Lo que sigue es solo un retazo del formidable ideario que es la creatividad de Armando Molina, el novelista.

Fragmento de una NOVELA de ARMANDO MOLINA



XVII.

 

 

            El estruendo de un helicóptero sobrevolando su cabeza le sacó de un profundo sueño. Abrió los ojos, y recordó. Soñaba que vadeaba un caudaloso río que azotaba con furia unas inmensas rocas hundidas en un recodo de su cauce; las cabelleras blancas del agua al estrellarse en sus sílices costados, cabrilleaban a la luz del sol mientras sus manos se aferraban desesperadas a las ásperas aristas. Y de pronto, el estruendo caótico de las aspas del helicóptero le envolvieron con furia. Pero a lo mejor no soñaba y aquel río era el eco de su realidad inmediata. Él conocía ese río, había sentido sus tersas aguas sobre la piel al vadear y cruzar la corriente el día anterior... Entonces suspiró. Estaba en algún lugar. Había llegado de noche. Tenía esa certeza. No tenía fuerzas para aclarar sus ideas y recordar dónde estaba. Lo único que deseaba era seguir soñando con aquel inmenso río de su infancia, pero se dio cuenta que el sueño había desaparecido y eso le llenó de desconsuelo.


           
Volvió a abrir los ojos y esta vez los mantuvo fijos en la pared que tenía enfrente; era de un burdo bahareque de un color azul desteñido y decrépito, donde un calendario de pueblo colgaba solitario con su andrógino santo lleno de fechas marcadas y tachones. Se incorporó y consultó su reloj de pulsera. Las seis y doce minutos, se dijo. Pero la noción de la hora no la registró su mente. Se dio cuenta que se había despertado del todo. Muy pronto vendrían los recuerdos, los rostros del día, la primera taza de café... Con un profundo suspiro fue a asomarse a la única ventana por donde ya se colaban los ruidos del amanecer. Una brisa matutina le refrescó la cara y en ese momento el recuerdo del río, su olor y la furia de la corriente volvieron a su mente con ímpetu.


           
No, no había soñado, ahora lo recordaba a cabalidad. El cadáver tenía el rostro desfigurado y estaba atado a la base de la roca con una vieja pita. Parecía sonreír satisfecho, y LaSalle rechazó la noción por absurda.

                                   

         

 

            Al día siguiente al mediodía les dijeron que aquella tarde cruzarían el río Tamulasco, que era la línea de fuego. Llevarían el jeep hasta un sitio seguro donde podrían estacionarlo, y de allí seguirían a pie hasta los campamentos de la guerrilla, que comenzaban en San Antonio Los Ranchos y se extendía hasta la altura de Arcatao y Victoria, en Cabañas. El doctor Marchena conocía de memoria el protocolo de guerra y asentía y lo aceptaba con estoícismo y fatalidad. Eran tiempos duros, se decía; de guerra, tiempos de muerte y dolor; y había que tomarlos tal como venían, sin tener tiempo de objetarlos con argumentos intelectuales. La muerte era un hecho cotidiano aquellos días, y se convivía con ella las veinticuatro horas con gran intensidad. Su trabajo consistía en llevar esperanza donde casi siempre encontraba muerte y desolación, sin menguar en el empeño. Donde una palabra de aliento con frecuencia hacía las de penicilina; un apretón de manos o un abrazo solidario eran valiosas medicinas.


           
Al bajar el sol por la tarde estaban en lo alto de un cerro pelado desde donde podían contemplar el campo y las montañas de Chalatenango al norte, desteñidas en la distancia donde comenzaba Honduras. Desde allí hizo LaSalle unas tomas de la puesta de sol: campesinos tristes, perros flacos y de aspecto miserables, la campiña desolada. La carretera estaba desierta y empezaron a descender hacia el río, en cuyas riberas se miraban unos platanares desordenados y agrupados en un círculo vegetal sediento de agua. En ciertos trechos se podía ver el cauce del Tamulasco, espumoso y salvaje, lamiendo inmensas lajas blancas y unos bancos de arena donde el agua amansaba sobre el cauce pedregoso. Rodearon una última curva que levantó una espesa capa de polvo y llegaron a una especie de playa frente al río, por la cual durante lo más seco del verano se podía cruzar a la otra orilla en un vehículo.


           
Parquearon el jeep bajo un frondoso cedro y lo cubrieron con una lona en caso que lloviera. Sólo tenían planeado estar ausentes a lo sumo setenta y dos horas. Vadearon el Tamulasco con gran dificultad debido a la fuerza de la corriente, y en ciertos trechos rocosos encontraron dos cadáveres anónimos que fue imposible deducir a qué bando pertenecían debido al grado sumo de descomposición. El doctor Marchena eligió un sendero en medio de gigantescas rocas de afiladas aristas, y LaSalle se le unió a una distancia breve, que era complicada por la violenta corriente y las rocas donde el agua se encrestaba y estallaba en iridiscentes cascadas. Más tarde empezaron a caminar por la carretera hacia el norte, y cuando él volvió a mirar hacia atrás, pudo ver los gigantescos cedros allá abajo iluminados apenas por los últimos rayos de sol y la línea del río que separaba a los dos ejércitos. Hacia adelante se veían hileras de montañas verdes y oscuras a lo lejos, y más allá, al fondo del cielo y la distancia, una profusa cadena de montañas más altas que las otras, surcadas por trechos de roca caliza que asemejaban inmensos lunares de un oscuro color pizarra.


           
Oscurecía ya cuando llegaron a San Antonio Los Ranchos y salieron del monte a la carretera principal que conducía a San José Las Flores. De cuando en cuando oían el ronquido lejano de los cazas, invisibles en el firmamento, que seguramente retornaban a San Salvador desde el frente Oriental. Aquí abajo ellos venían guiados en la oscuridad tropical por una patrulla de seis combatientes, cuatro hombres y dos mujeres que apenas hablaban durante la caminata hacia la comandancia en Las Flores. El silencio era absoluto.


           
Llegaron al campamento guerrillero al filo de la medianoche. Una manada de perros bravos les hizo de cortejo de bienvenida con sus furiosos ladridos. En la oscuridad fueron guiados hasta una casa campesina escondida bajo unas ceibas que, aún en la oscuridad, se adivinaban desmochadas y tristes. Era el hospital de campaña, y salieron a recibirles tres médicos a los que el doctor Marchena conocía. El otro hombre que venía con ellos era el comandante. El doctor se puso a charlar con ellos acerca del clima y las gentes y luego la conversación cesó abruptamente. Había muchos casos serios en observación entre los niños, mencionaron los médicos: disentería, paludismo, gusanos, muchos heridos de bala y esquirlas, la mayoría convalescientes, y no había medicinas. El doctor Marchena ordenó a uno de los guías que abriera la mochila que le había dado a cargar desde el Tamulasco. Entonces habló el comandante, que era un hombre joven, de baja estatura, y al que no podían verle el rostro. Había estado en el frente de San Vicente, les dijo en la oscuridad, y le habían trasladado a este lado desde el año pasado. Le hizo un par de chanzas al doctor Marchena, las cuales fueron toleradas por el galeno con gran estoicismo y de buen modo. Estaban rendidos de la larga caminata y sin ánimos. Ahí mismo el doctor le hizo entrega oficial del lote de medicinas en nombre de la ayuda internacional, enunciado que no tuvo mayor eco en la oscura y triste noche.


           
Jan, el periodista holandés, se marchó al pueblo con la patrulla que los había guiado y él se unió al doctor Marchena, a quien guiaban ya a descansar en un cuarto que habían improvisado al fondo del corredor trasero de la casa campesina. Por una ventana abierta a la noche podía oírse el rumor cercano del cauce de una quebrada; entre el chirrido de insectos se oía el murmullo del agua que corre a despeñarse en la oscuridad tropical.


           
Se durmió fatigado, con los sonidos de la noche en el corazón.

 

           

 

TOMA DEL CIELO EN CHALATENANGO. 7 AM.

 

TOMAS DE VIDA GUERRILLERA: Vivanderas sonrientes. Combatientes. Convalecientes. Lisiados.


           
Puesta de sol en las montañas de Chalatenango, El Salvador.


           
Un cielo malva, con nubes como de terciopelo.

 


CLOSE-UP: Un rostro de joven guerrillera. Adusto. Mas su atracción consiste en su esencia de mujer. Mujeres torteando frente a un enorme comal. Sudan. Ríen. (Cambio de rollo). Entre ellas hay una mujer morena, callada, no dice nada, sólo mira a su alrededor con ojos alegres, brillantes, con el blanco de los ojos como recién lavado cuando los enfoca la cámara.

 

Tomas de patrullas guerrilleras regresando de servicio. Dando informes ahora frente a una mesa improvisada. Saludos entre combatientes. Risa, bromas y chistes. Uno en particular les hace reír a todos: es acerca de un combatiente “maleta”, como les llaman despectivamente; es un inútil, hablantín y cobardón, que las hace de poeta e intelectual, quien siempre olvida el fusil en los campamentos a los que llega. Cuando el que lo cuenta, un hombre flaco y alto que parece extranjero con una barba rojiza, llega a la parte en que el inútil intelectual guerrillero olvida su fusil, todos estallan en carcajadas sonoras, descontroladas y nerviosas.


           
Por momentos el ruido cesa de repente, y el silencio se hace eterno.

 


           
Jan el holandés, moviendo las cejas, feliz. Close up de su credencial de periodista sobre el pecho. Close ups de mochilas viejas y gastadas. Botas desahuciadas, destrompadas, sin cintas. Huacales destrozados. Paredes pasconeadas por metralla. Niños tristes. Moscas y desperdicios. Podredumbre. Cerdos y aves de corral picando la tierra seca, polvosa, muerta.

 

           

ARTE: Mario Marti. EL SALVADOR



La víspera del regreso
a San Salvador hubo una especie de reunión improvisada en el campamento de Las Flores. Los visitantes fueron invitados a la comandancia para que LaSalle y el holandés hicieran unas fotos a la tropa y al pueblo, y también querían agradecerle al doctor Marchena su dedicación y sacrificio y el lote de medicinas que había venido a aliviar una gran necesidad en el frente de guerra paracentral de Chalatenango. Por la temprana tarde, cuando ya oscurecía en las montañas y el día se pintaba de oscuridad, se despidieron de los heridos y enfermos que el doctor Marchena había atendido durante su breve estancia en el campamento. El doctor se tomaba todo aquel dolor y desesperanza con gran naturalidad; les hablaba con la seguridad de que volvería a verlos la próxima semana. Con su hablar suave y paciente parecía darles la posibilidad de sobrevivir a la guerra o la de vivir un poco más, aunque sólo fuese unas cuantas horas o un par de días. Porque él sabía que aquellas palabras de aliento eran las únicas medicinas en tales circunstancias; tal vez las mejores. Varios de los heridos habían sido amputados de algunos de sus miembros y otros se engangrenaban debido a la falta de medicamentos. Había también varios niños de pecho con enfermedades de la piel y gastrointestinales.

            Esa misma tarde temprano había ocurrido un hecho que venía a simbolizar, a juicio de LaSalle, el absurdo y el mal de aquella guerra fratricida. Ocurrió poco después del almuerzo. LaSalle estaba parado bajo un enorme árbol de mango en el traspatio del hospital de campaña, fumándose un cigarrillo, cuando vio bajar por la vereda que conducía al hospital un cortejo de campesinos que venían apresurados. Pasaron frente a él en silencio, jadeantes. Dos hombres de edad avanzada cargaban un pequeño bulto en una hamaca de hilo de colores. Con ellos venía un grupo de mujeres campesinas ya no jóvenes y LaSalle vio que una de ellas se limpiaba el rostro a cada rato. Pensó que tal vez lloraba. Su rostro se veía ensombrecido por la angustia, y azuzaba a los hombres a que se dieran más prisa cuando ya casi llegaban a la casa campesina. LaSalle apagó el cigarrillo con la punta de la bota y se dirigió con premura al hospital siguiendo el senderillo de tierra roja.

            Cuando se asomó por la magra habitación que hacía las veces de sala de emergencias, vio al doctor Marchena inclinado sobre un catre colocado junto a la ventana por donde se miraba el follaje vegetal de unos cerros próximos. Dos mujeres estaban al pie del catre y tal como lo suponía, la más joven lloraba; gimoteaba quedito en breves estallidos de angustia que obviamente le oprimían el corazón. Al cabo de un isntante, la mayor de las mujeres salió a unirse a los hombres que esperaban afuera.

 
          
El doctor Marchena se volvió en ese momento. Su rostro, usualmente parco, tenía ahora una expresión alterada; sus sienes se veían sudadas y tenía los ojos cansados por la falta de sueño. Pero seguía siendo serio y eficiente en su oficio, como pudo darse cuenta LaSalle cuando el doctor notó su presencia.


           
–Ah, licenciado Contreras, está usted aquí.


           
–¿Qué tal, doctor? –preguntó él, como de rutina.


           
–Pues ya ve, haciendo lo que se puede con mis pacientes. Y mire que ya a última hora me han traído este cipotío.


           
–Me he dado cuenta, doctor; les vi bajar por la vereda del cerro.


           
Se hizo un silencio incómodo que se tragaba los ruidos de la noche.


           
–¿Y cómo ve el asunto, doctor Marchena? –preguntó LaSalle en el vacío triste de aquel improvisado consultorio. Su propia voz le pareció grotesca.


           
El doctor dirigió una rápida mirada a la mujer, que ávida esperaba el fallo del galeno. LaSalle comprendió su impertinencia. Estaba ya a punto de irse, cuando el doctor Marchena respondió:


           
–Mire, licenciado, es la clase de casos que más me disgusta de esta infeliz guerra.


           
–Comprendo –dijo LaSalle en voz baja, todavía cohibido


           
–Si a este niño lo hubiese visto la semana pasada no ocurriría ésto –dijo el galeno con ambigüedad, señalando el bultito. Aunque aquél "ésto" no estaba muy claro para LaSalle todavía.


           
La mujer interrumpió en ese momento.


           
–Ay, doctor Marchena, si viera usted que no se podía pasar por el lado de Nueva Trinidad ni por el Sumpul. Ái se han estado dando la guerrilla y la Guardia como dos semanas seguidas. Y nos hemos tenido que quedar donde mi comadre Lencha en el cerro del Salto como cuatro días. Viera que pencaceo se han dado todos los días–. Lo decía en una voz entrecortada por un gimoteo incontrolable.


           
El doctor Marchena no dijo nada. Dejaba que la mujer desahogase sus nervios en detalles de viaje, dificultades, odios fratricidas. Después se dirigió a LaSalle:


           
–Acérquese, licenciado, venga conozca a mi paciente.


           
El doctor se volvió hacia el bultito del niño que yacía sobre aquel catre manchado de sangre y sudor de otras instancias y gentes. LaSalle se acercó al catre; las colchas que lo envolvían apestaban a un sudor amargo, obsceno. Su corazón se apesadumbró. –Este es Jorgito Lara, licenciado Contreras; es un vecino nuestro de Arcatao, tierra de los más "cheles" de Chalate –añadió bromeando, aparentando una voz de optimismo.


           
–Hola, Jorgito –dijo LaSalle en una voz trémula.


           
El niño tenía los ojos cerrados. Todo su cuerpecito escuálido estaba bañado de sudor. El doctor había apartado las colchas en las que venía arropado, para enfriarlo un poco; éstas se miraban empapadas de sudor y con costras mugrientas en las orillas. Su blanco cuerpecito, lleno de lunares, frágil y esquelético se estremecía a intervalos por el dolor. LaSalle casi podía sentir el obsceno dolor en carne propia, y su pecho se henchía de una emoción desconocida y brutal. Le miraba consternado y se sentía a punto de romper a llorar allí mismo.


           
–Mire cómo son las cosas. Al papá de este niño lo mataron hace como un año. Era guerrillero. Al igual que sus hermanos mayores. Una, la mayor, de doce, y el otro de once. Muertos también. Y ahora este Jorgito va y se come unos nísperos que encontró en el rancho de los abuelos, y aquí lo tenemos ahora enfermo del estómago.


           
La mujer no pudo más.


           
–¡Ay, doctorcito, doctorcito, sálvemelo por favor! ¡Sálvemelo, por el amor a Dios! Él es lo único que me queda en mi vida, doctor... Ay doctor, doctorcito.... –la mujer develó su rostro descompuesto.


           
Después de aquel estallido de emociones, los tres volvieron a sumirse en el silencio. La mujer se tapó la cara llorosa y compungida con una toalla que traía puesta sobre los hombros. Él y el doctor Marchena se miraron apenados; parecían a punto de sucumbir ante el misterio ahí presente.


           
En el catre el niño seguía retorciéndose de dolor; gemía y pujaba quedito, decía unas cuantas palabras ininteligibles, y luego, de lo más profundo de su pecho, salía un ruido horrible, estremecedor. El mal le quemaba las entrañas y su tierno cuerpecito sucumbía al sufrimiento. El doctor se dirigió a la mujer, que se enjugaba el rostro con la toalla.


           
–Venga conmigo, doña –le dijo, y la tomó del brazo. Salieron al corredor donde esperaba el resto del cortejo, unos campesinos sombríos y silenciosos.


           
LaSalle se quedó solo, junto al catre, observando al niño que ahora había abierto los ojos y los ponía en blanco durante uno de aquellos arrebatos de dolor. Sentía una especie de barra de hierro en el pecho que le oprimía el corazón y su mente se resistía a sucumbir ante la pena y el misterio. Pero el esfuerzo era imposible; estaba a punto de caer de rodillas y reclamar piedad, pero no sabía ante quién o ante qué, ni cómo hacerlo. Se daba cuenta que carecía de la limpidez de espíritu para reclamar ante Dios por los pecados y los desvaríos de los hombres y la noción le atormentaba el alma.


           
Entre tanto, el niño volvió a mascullar aquella jerga indescifrable; su pecho se agitaba y el resto de su cuerpo se convulsionaba con espasmos de violencia. Entonces, en un instante eterno, indefinido, el niño emitió un chillido fiero, primordial, y el cuerpo de LaSalle y el del niño se hicieron uno solo, universal e infinito, el de una raza cósmica de estirpe antigua y eterna. Y LaSalle pudo entonces elevarse a la vida, ascendió a lo alto desde donde podía contemplar lo efímero y lo eterno, que eran uno solo. Su cuerpo subió, subió y subió hasta llegar a lo alto de aquel cielo indiferente con el niño entre su pecho, entrecruzados en un abrazo ancestral y misterioso, bello y total. Y de golpe, todo cesó. En algún lado de la casona, una puerta se cerró con violencia. Después, el silencio.


           
Quedito, con un llanto infantil, incontrolable, LaSalle comenzó a llorar.


           
El doctor Marchena volvió a entrar deprisa al consultorio; venía acompañado ahora de dos enfermeras combatientes; una de ellas una mujer mestiza, guapa, de rostro requemado por el sol, que, cosa curiosa, tenía unas manos muy finas, de dedos delgados y elegantes como de cirujano, en las que traía una cajita de medicinas y una jeringa. El doctor hablaba apresurado, con urgencia en el tono de voz. Y al ver a LaSalle llorando junto al catre, dejó de hablar con las enfermeras. LaSalle se alejó hacia la ventana. Afuera el rito de la vida continuaba su afán; sus misterios y prodigios cotidianos explotaban en portentos de vida y amor; la indiferencia era atroz, insoportable.


           
El doctor se acercó solícito al catre donde yacía el cuerpecito exánime del niño. Después se volvió a las enfermeras que le esperaban pacientemente tras de él. Sólo dijo:


           
–Vayan y regresen las medicinas al botiquín.