LITERATURA | Jul 2010
Reminiscencias del 32
Doña Gertrudis permanece sentada al costado derecho de un amplio sofá, y pide a su nieto que le encienda el televisor para ver su programa favorito en una tarde de sábado. Agobiada por el tedio, se ve tentada a tomar su habitual siesta vespertina. Pero un recuerdo la transporta a otra época.
Por Orlando Merino Recinos
Julio 1, 2010 05:23 am
Su mirada evidencia signos de glaucoma, apenas distingue algunas imágenes en la pantalla del televisor, devanea en las sombras de su pasado, vivencia aquellos días como si todo hubiera sido ayer… La casa de piso de tierra y gruesas paredes de adobe pestañea abriendo sus postigos de par en par. La frescura de las aguas que encierra un cántaro de barro enterrado a medio patio, el susurro de grillos anunciando la puesta de sol, el aroma a mango maduro que satura su pequeño huerto, todo en absoluto evoca a la nostalgia.
Las refajadas de Izalco, extintas por la masacre del 32, lucían también hermosos güipiles que excitaban la mirada por sus colores vivos. La sangre pipil que corría por sus venas era la causa de su jovialidad, su nobleza y arraigo por las tradiciones. Sus chozas se hallaban al pie del majestuoso volcán conocido como “El Faro del Pacífico”. Sus maridos, afincados a heredades ejidales, cultivaban la tierra, mientras que ellas sólo se alejaban a unas cuantas leguas para vender sus flores y hortalizas de puerta en puerta: zanahoria, ejotes, rábanos, cebollas, puerro, chipilín… o bien, para ofrecerlas en el mercado abierto que se instalaba todos los domingos en la plaza central. La algarabía y el olor a especias lo invadían todo.
La anciana recordaba también al viejo carbonero que pregonaba un jacarandoso estribillo, como poseído por una extraña magia, pues él, sin pretenderlo, negociaba con las almas del conacaste y del copinol, mismas que adentrada la noche, hallaban su redención entre las llamas del fogón.
De igual manera, venía a su mente la remembranza del mudito a quien don Vicente, su padre, cargaba de lado a lado con dos racimos de guineo del huerto, a lo cual asentía aquél con la cabeza en señal de agradecimiento.
Gertrudis, mujer de semblante adusto, propio de quien ha experimentado la dura vida del campo, desde muy pequeña se familiarizó con las tareas domésticas, la crianza de sus hermanos menores y con el arte de la piedra de moler. Granos de maíz triturados sobre piedra con un sutil toque de cal, daban a la pasta resultante un sabor muy propio, convertida a su vez en tortillas asadas al comal.
No obstante su corta edad, Gertrudis no pudo olvidar el día que le cambió el rostro a su pueblo natal. La tropa de infantería fue llamada al destacamento militar. El padre de Gertrudis acudió con prontitud, le fue entregado un fusil y orden de matar a cuanto indio encontrara oculto. Los indios se escondían en zanjas profundas cubiertas por la maleza, en los potreros o en parajes baldíos. Don Vicente, había jurado no mancharse las manos con sangre inocente, por lo que al sorprender a los fugitivos, los exhortaba a no hacer ruido y mantenerse escondidos.
Las mujeres refajadas “se plegaban” en un descomunal esfuerzo por volverse invisibles, despojándose de sus refajos y güipiles, cambiándolos por faldas, blusas y los caites por zapatos, se cambiaron incluso de apellido, con tal de parecerse a otras gentes.
Los simpatizantes comunistas portaban una insignia roja, mientras que los oficialistas, conocidos como ‘martinistas’, una blanca. La estrategia de ataque fue el infalible “Caballo de Troya”, el mitin de la plaza constituyó el blanco perfecto.
ARTE: Cachi Cartagena, EL SALVADOR

Una carreta halada por bestias transportaba a un convoy de correligionarios oficialistas que pretendían infiltrarse en las filas de la oposición, y una vez avistado el objetivo, descargó sus municiones contra aquella concentración de gente hasta que no quedara nadie con vida. Sus razones: castigar el levantamiento de una turba que la noche anterior había bloqueado las principales calles del pueblo, apedreado los portones de las casas, saqueado algunos negocios para abastecerse de víveres y promovido consignas. Un vasto listado de personas afiliadas al partido comunista había caído en manos de la llamada “tropa de la muerte”, la cual se ocupó de censarlos casa por casa en una tarea de exterminio.
Los desplazados víctimas de la persecución, se refugiaron en el pórtico de la casa de Gertrudis que se iluminaba de fogatas durante la noche. Las indias “plegadas” pasaron a usar el refajo tan sólo para taparse el rostro del frío en el anonimato de la noche.
Una mujer se encontraba en labores de parto y la madre de Gertrudis, doña Clemencia, era una partera muy experimentada y asistió el alumbramiento. La menor de sus cinco hijos, Corina, repetía de broma a la pequeñita entre pañales, ante la mirada expectante de la madre: “Vos sos comunista…”
El saldo de la masacre se contó por miles, pero no cabe duda que exterminó la identidad de la población indígena en el occidente de El Salvador y de todo el país; la vistió de vergüenza por su linaje, la dispersó sin remedio, tal como sucedió con la memoria de Gertrudis.
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Orlando Merino Recinos, abogado de profesión, realizó estudios superiores en la
Universidad José Matías Delgado de El Salvador. En el 2007 obtuvo un galardón por su compendio
"Quinientos Años de Historia Brasileña" en el Primer Certamen Brasil de Monografía 500 Años.
En la actualidad se encuentra becado por el gobierno brasileño en Porto Alegre, Brasil.