LITERATURA  |  Enero 2012

IRAKUNDIA

ARTE: Rubén Silhy

El poemario “Irakundia” del poeta salvadoreño Mario Noel Rodríguez viene excelentemente amortizado con la estampa de la fina poesía. Ganador del Premio  Hispanoamericano de Poesía de Quezaltenango (Guatemala, 2008), la de este centroamericano es una elegante lira que bien evoca momentos íntimos de abstracción espiritual, lo mismo que un grito de rabia e impotencia ante la crueldad del mundo.

Poesía de MARIO NOEL RODRIGUEZ



IRAKUNDIA

 

     “Sangre a caballo, a pie, mural, sin diámetro,

     Sangre muerta de la sangre viva…”

                    –CÉSAR VALLEJO

 

I

 

Vedla sin lágrimas con sus hijos en brazos,

bajo su corazón atesora viejos poemas de invierno,

ella muerde una canción como olvidando algo.

Un violín toca desconsuelo tras las murallas…

Ella va dispuesta a golpear el sol.

 

Ahora el viento enfrenta a la ceniza,

lo que fueron banderas no saben de países,

una rata en cámara lenta se persigue ella misma,

el cielo se desploma con todos sus caballos.

 

Madre vigilia, miel sometida,

primavera balando por sus hijos,

Madre ahogada en yardas de sangre,

sorda la herida entre mugre y metralla.

 

Madre fiel de brazos partidos en cien,

odiosa la hora de la muerte que escombra.

Que el extraviado gorrión planee en tu hombro,

que el arroyuelo humedezca tu corazón de alas.

 

Levántate señorial contra el terror, Madre azul.

Levántate animada contra el odio, Madre arco iris.

Levántate en trompetas contra la vileza, Madre crepúsculo.

Levántate acuarelando de amor la crueldad, Madre mayor.

 

Madre Tierra, Madre sin tiempo para cruces,

toma de nuestras manos estos buchitos de paz,

bebe hasta saciarte de luz,

ven con nosotros a intentar el mañana.

 




II

 

“El mundo da tanto miedo”

          –MOHAMMED, niño iraquí

 

 

Yo conviví con otras muertes,

en lengua muerta pronuncié su cal cayéndome;

muertes que trataba de abrazar con versos,

muertes en esquinas que no quiero,

muertes que no entendían nuestra voz sedienta.

 

Yo vi a Mateos partidos por odioso rayo,

a Martas huérfanas señalándose el estómago,

a Zenaydas apuñaladas por neblina de metal,

a Saras maquilladas de ceniza absurda.

 

Luto en las pestañas y en los costados,

luto escalando kilómetros, diámetros, días.

Un lamento que descose fronteras,

que se anida en la pared de los refugios.

 

Que las sirenas huyan con su angustia,

que llamen con frenesí la alegría.

Que nadie nazca humillado entre bombas,

que el amor sepulte el pasar de la ira.

 

Ven te arrullo, ciudad del canto humillado,

ven que te sacudiré la sombra,

acércate que haré pedazos la muerte,

polvillo caótico, maná de odios.

 

 

~     ~     ~     ~     ~     ~     ~     ~

 

 

¡CUÁNTO BUSCO!

          A los años, a los caídos

 


Sed sobre sed,

trenzar y destrenzar la membrana de los días.

Quiero pulir la voz perdida entre el canto y la barranca.

Sed de llamarme doblemente individual,

lector de las manos que partieron a la noche,

manos de prisa oliendo profundo, claro,

cerca del rocío que suda el amor.

Sed de buscar espacios en la ruidosa cuota diaria,

de expiar en la pista de tus ojos

y no encontrar sino orquídeas violentadas.

¡Cuánto busco!

Sed sobre sed,

tocar la herida del vivir sin parpadear,

aullarlo con las voces perdidas entre la barranca y el espanto.

Pero buscaré atrás de los espejos la imagen soterrada del fuego,

el encontronazo de la sangre con la esperanza,

la piel quemada de lo que una vez fue querencia.



                                 *          *          *          *          *