OPINION  |  Jul 2009

Diálogos perdidos

La idea no deja de resultar irritante. La noción de que sea otro quien defina quiénes somos pondría a cualquiera de mal humor.

Y es que estaríamos de acuerdo en que no es nada agradable ser definido por listillos armados con diplomas en ciencias sociales y encuestas computarizadas, pseudo expertos que no tienen ni pizca de idea de lo que significa ser latinoamericano en el contexto del mundo de hoy.

Y es eso lo que veo ocurrir con frecuencia en nuestra moderna sociedad liberal e ilustrada: Todo el mundo todavía anda por ahí en la contemporaneidad, diseminando viejos y barrocos estereotipos de películas del siglo pasado, en cuyas versiones sociales para lo único que servimos los latinos es para trasegar estimulantes del color que sea, o para ser sublimados en versiones femeninas de exóticos salseros que frecuentan estridentes bares en las gentiles madrugadas puritanas.

Los latinoamericanos, normales ciudadanos del mundo, seguimos siendo estereotipados por esta nuestra sociedad multicultural, sofisticada y moderna en la que se supone vivimos hoy día. Ahí aún persiste la necia idea de que los latinos somos una vasta masa de exóticos rostros morenos venidos de un país caluroso y tropical, que se asoman sonrientes tras mostradores y restaurantes o pululan en las esquinas de las grandes ciudades listos a servir al mejor postor; muchedumbre de festivos ignorantes y haraganes; tontos buena-gente que siempre necesitan de la ayuda intelectual y práctica de la raza aventajada para salir adelante. He ahí nuestro contundente reto.

No es esta una queja plañidera en la vastedad de la modernidad; al contrario, se trata de una educada observación de la sociedad de hoy en día, y a la vez un llamado a mis contemporáneos ilustrados para que nos enfoquemos en corregir de una vez todas esas perversas simplezas. Este es un llamado a darle un viraje necesario al tono del diálogo social, que vaya de la conciliación al respeto.

Y es que basta con hacer un repaso general al panorama de medios actuales para darnos cuenta de la magnitud del reto frente a nosotros. Las revistas y la prensa nos presentan como objetos ornamentales de vitrina; o como una raza vagamente sofisticada, aún medio salvaje, pero capaz de ciertos logros intelectuales y artísticos entre aceptables y modestos. Como sublimados amantes o crueles villanos y asesinos en el cine de Hollywood. O como dicen mis dos adolescentes: ¡Ser latino es sexy!

Paralelamente y con mayor regularidad, en los noticieros de la tarde somos satanizados como inmigrantes invasores, peligrosos ilegales sin papeles, criminales por ser mano de obra barata. Es decir, chivos expiatorios de los yerros de la sociedad dominante. Y lo cierto es que quizá todo eso somos. Y sabemos que otros lo han sido antes, los inmigrantes del momento, los eternos acusados. Pero eso no nos reconforta.

Y es que resultaría cómodo quedarse en la inacción ante el insulto y el estereotipo, consumirse a fuego lento en la amargura de la indiferencia. Pero como cultura de cepa milenaria que somos, diestra en las lides de la vida, también nos anima la certeza de saber que somos mucho mejores que todas las etiquetas que nos estampan. Y eso lo sabemos muy bien, pues nos mueve la pasión por la vida. Así somos los latinos: puro sentimiento y corazón.


Ello es evidente en nuestro temple y carácter optimista ante la adversidad de la vida. Y porque conocemos la profundidad de nuestro romántico espíritu latino nos fortalece lo alegre de nuestras tradiciones, lo genuino de nuestros principios humanos y creencias, la capacidad de resistencia de nuestra gente con sus amores y lealtades.

Lo cierto es que duros como se presentan estos tiempos, los actuales son buenos para nosotros los latinos y debemos aprovecharlos. Ejemplo práctico de ello es el hecho de que la presente es una buena época para adquirir la primera casa familiar, haciendo uso de todas las nuevas facilidades y oportunidades que se presentan en el mercado actual; pensar en adquirir un automóvil moderno y económico. Es decir, no sumergirse en la histeria colectiva del virus derrotista que nos azota. Son tiempos difíciles, es cierto. Pero hemos visto peores.


Esta es época propicia para resguardarnos bajo lo mejor que nuestra cultura y nosotros sus escogidos ofrecemos a la sociedad en que vivimos.


Estamos conscientes también de que estos son tiempos para ponderar más detenidamente nuestros objetivos colectivos como parte viva y activa de esta sociedad. De saber articular nuestros deseos y aspiraciones; de protestar con firmeza y aplomo ante la injusticia. Asimismo, nos reconocemos parte de todos los logros, tragedias y alegrías de la vida tal como la conocemos; vamos en la punta de lanza de la historia de esta sociedad que persiste en ignorarnos y confinarnos a etiquetas, cifras y datos de encuestas.

Y es que para nosotros los latinoamericanos 'ser del mundo' ya forma parte de nuestra psique; desde hace rato que estamos conectados en la matriz de nuestra sociedad –con todas sus ansiedades y recompensas. No nos acomplejamos; asumimos la realidad con naturalidad, a nuestra manera, sin temor al mañana. Percibimos la vida como todos los demás y cómo ésta aflora en la realidad cotidiana y se nos presenta más amable y tolerante.

Son buenos tiempos para nosotros los latinoamericanos y debemos aprovecharlos hoy. No esperemos a que nos estampen otra distorsionada etiqueta que nos diga qué somos o cómo debemos comportarnos. Ser latinoamericano es ya una ventaja especial. Pregúntenle a cualquiera de nosotros si quisiera ser otra cosa que latinoamericano. 

Armando Molina
Editor Ejecutivo, LATINOVISIÓN