OPINION  |  Sep 2009

La crisis silenciosa

ARTE: Victor Cartagena. El Salvador

La retórica ruidosa que generan las riñas entre líderes latinoamericanos por mayor espacio ideológico dificulta dar atención a las amenazas contra la paz y la seguridad en la región: el hambre y la inseguridad alimentaria.

Por Ricardo Trotti

Denominada por FAO como la “crisis silenciosa”, el hambre está repuntando en Latinoamérica después de años en receso, con el potencial de generar peligrosos conflictos sociales como se teme en Guatemala, donde se anunció la semana pasada que 4,059 poblados fueron afectados por una sequía que destruyó entre un 60% y 90% los sembradíos de maíz y frijol.

La falta de alimentos y la inseguridad alimentaria como consecuencia de malas políticas agropecuarias, la recesión internacional, el alto valor de los combustibles, las plagas y los bruscos cambios climáticos, están creando nuevos bolsones de pobreza. En Latinoamérica existen 53 millones de personas hambrientas, 13% más que en 2008, de un total de 1,100 millones de desnutridos en todo el mundo, cifra que aumentará un 11% para diciembre.

Más allá de la disfuncionalidad física e intelectual que provoca el hambre, se trata también de un foco de desestabilización silenciosa capaz de originar sus propios golpes de Estado. Basta recordar que en Haití en abril de 2008 por falta de comida hubo avalanchas humanas que produjeron muerte, destrucción y la destitución del primer ministro Jacques-Edouard Alexis. Por aquella época, el presidente de México, Felipe Calderón, debió crear subsidios especiales para confrontar la “crisis de la tortilla”, un sobreprecio de un 60% del maíz, que alimentó aires desestabilizadores para el PAN, su partido político.

El hambre y la crisis están creando bombas que de no ser desactivadas a tiempo pueden detonar en lugares insospechados. El Papa Benedicto XVI acaba de desafiar al gobierno de Cristina de Kirchner para “reducir el escándalo de la pobreza y la inequidad social”.

En ese país, otrora “granero del mundo”, existen bolsas de hambruna por doquier. Aunque el gobierno argentino manipule los índices oficiales, un estudio de la Universidad Católica Argentina certifica que 14 millones de personas, 39% de la población, son pobres, mientras que cuatro son indigentes. En la provincia del Chaco, 2,000 indígenas siguen protestando contra el hambre y la pobreza frente a la sede del gobierno provincial, por no cumplirse un fallo judicial de 2007 que ordenaba paliar la desnutrición que cobró la vida de 22 indígenas de la zona.

Casi toda la población desnutrida del planeta vive en países en desarrollo, debido, en parte, a desigualdad en la distribución de la riqueza, como en la mayoría de países latinoamericanos. Las poblaciones indígenas, como muestran los ejemplos de Guatemala y Argentina, son las más vulnerables, alcanzando cifras escalofriantes. Un 48% de niños guatemaltecos menores de 5 años sufre de desnutrición crónica y raquitismo.

La falta de alimentos no reconoce fronteras. Las naciones más desarrolladas están agresivamente adoptando políticas “ventajistas” que aumentarán la crisis a largo plazo. Arabia Saudita, Japón y otros países asiáticos están alquilando tierras en países subdesarrollados para suplir sus faltantes de alimentos.

Los países ricos y los pobres deberán sentarse a la misma mesa en la Cumbre Mundial sobre la Seguridad Alimentaria de noviembre en Roma. Allí tendrán jornadas de negociaciones para impulsar mayores inversiones en la agricultura, generar políticas de combustibles y fertilizantes alternativos para no agravar el cambio climático y crear incentivos para devolver los campesinos al campo, ofreciéndoles tecnología y financiamiento.

Latinoamérica y el Caribe tienen un futuro brillante en la lucha mundial contra el hambre. Solo basta que los políticos bajen los decibeles, dejar de pelearse y congeniar estrategias de producción.


Ricardo Trotti es Director de Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) en Miami, Florida.