OPINION | Sep 2009
Señales lejanas
Septiembre 1, 2009 20:55 pm
Es un caluroso día de agosto californiano. Pleno verano 2009. Voy en ruta a San Diego, California, a la 30ª Convención de las Cámaras de Comercio Hispanas de California, invitado por mi viejo amigo de universidad, Víctor Reyes Umaña, quien es ahora propietario con su esposa Evelyn, de su orgullo familiar la vinatería Bodega del Sur en la sierra del Condado de Calaveras. Esta vez asisto a la Convención en calidad de miembro de la Cámara de Comercio Salvadoreño Americana a la que pertenezco. Mis credenciales de periodista las dejé en mi oficina, así que soy un ciudadano más con un compromiso social y comercial asumido.
Desde temprano vengo oyendo en los telenoticieros las nuevas noticias: Esta inconspicua mañana de agosto en Washington DC, el presidente Obama ha dicho que lo peor de la recesión ha pasado. Como un coro a una sola nota, en los televisores diseminados por las salas de espera del aeropuerto se oye repetir que el estímulo financiero del gobierno ha empezado a dar resultados positivos y la economía empezará a despegar pronto de su letargo. Aparentemente, todos en Washington DC y Wall Street respiran ya más tranquilos. Por una inexplicable razón, los temas de la economía parecen tan distantes de nuestra vida cotidiana, pero sus consecuencias y problemas los sentimos como un gancho al hígado.
En mi entorno ciudadano nada en el ambiente indica que lo que dice el presidente sea una realidad. La actividad es familiar y rutinaria: largas colas de pasajeros esperando los vuelos económicos, nuevos cobros extra por chequear maletas, el tortuoso paso por los detectores de metal bajo las miradas inquisitivas de los agentes de Homeland Security donde aceptamos la ordalía por el bien colectivo –nos decimos sin convicción. No hay señas del estímulo financiero entre los pasajeros. No hay mucha actividad comercial en las tiendas del aeropuerto, aparte de las cafeterías.
San Diego aparece semivacío bajo la débil luz de un día nublado y húmedo; los pocos turistas que deambulan por el puerto, son familias venidas del medio Oeste que cuidan de su presupuesto familiar de vacaciones: estudian cuidadosamente las ofertas de los restaurantes frente a la bahía. Saben que el dinero es todavía un commodity escaso y escurridizo estos días, y el estoicismo es la regla general.
Busco señales de prosperidad en el aire que me indiquen que el estímulo económico ha llegado finalmente a las masas de la clase media quienes verdaderamente lo necesitan en estos tiempos de recortes presupuestarios y millonarios bailouts diseñados específicamente para ricos. Pero por el momento no se ven por ningún lado.
El primer día de la Convención la respuesta se hace evidente, y es tajante: el ciudadano empresario, el emprendedor visionario, el hombre o mujer propietario de pequeños negocios, motor de innovación y sostén del capitalismo tal como lo conocemos hoy en día en los Estados Unidos, está pasando por dificultades financieras, pero persevera con estoicismo bajo la tormenta de la peor recesión económica del último cuarto de siglo.
Ello significa que el espíritu emprendedor sigue de buena salud en estos días y actúa con mayor determinación y aplomo. Los hombres y mujeres de negocios y empresarios hispanos de California se reúnen durante casi una semana para celebrar, discutir y dilucidar un plan estratégico que tome en cuenta sus recomendaciones; un plan propio originado por profesionales de buena cepa que saben exactamente la naturaleza de los procesos cotidianos de la actividad económica en este país. Y ello porque el estímulo del gobierno federal aún no llega a estas personas que son parte vital y vertebradora de la economía de la nación. Y estos hombres y mujeres celebran sus triunfos, y reclaman sus derechos y exigen la realización de la promesa de prosperidad que es derecho de todos y nos pertenece a todos, no sólo a los bancos y las industrias corporativas.
De cómo llegamos hasta la situación presente lo sabemos bien. Dos años atrás bastaba con hacer una llamada por teléfono a una institución –cualquier institución financiera con los papeles y permisos requeridos para operar– y casi con seguridad tres días después teníamos un nuevo préstamo basado en el “proyectado” valor de nuestra casa o propiedad. Y en ese valor ascendente (nunca hacia abajo) y en esas “ingeniosas” transacciones (‘derivatives’ –una especie de apuesta de casino sin amortización financiera) descansaba tranquilamente la ‘prosperidad’ de la nación por casi veinte años. Fórmula desastrosa convertida súbitamente en pesadilla para millones de familias.
La verdad es que esperamos que algo bueno resulte de esta crisis financiera. Es posible que aprendamos a vivir como nuestros abuelos, más de acuerdo a nuestras posibilidades e ingresos económicos y haciendo uso de las mejores virtudes del ahorro y la prudencia económica. Es posible también que las malas frutas hayan caído ya del árbol de la bonanza y era necesario zarandearlo para que volviera a su estado natural y verdadero. Pero eso sólo el tiempo lo dirá.
Mientras tanto, debemos tener esperanzas y esperar que vengan mejores tiempos, sin cejar en nuestros empeños personales y profesionales. En su momento sabremos reconocer sus señales. Al igual que nuestros hombres y mujeres de las Cámaras de Comercio Hispanas de California, debemos perseverar en la búsqueda de nuevas oportunidades y la realización de nuestros deseos de prosperidad.
En épocas como las actuales es cuando más debemos hacer uso de nuestro ingenio y sentido común para no perder de vista las realidades de la vida.
Armando Molina
Editor Ejecutivo, LATINOVISIÓN
