OPINION | Enero 2012
Imponiendo presencia
Enero 2, 2012 04:03 am
Hace nueve años, mi mayor preocupación era poder sobrevivir el primer año al frente de nuestro recién estrenado proyecto editorial al que llamamos LATINOVISIÓN. Para un reducido grupo de escritores, editores y artistas, el proyecto venía a cristalizar toda una serie de esfuerzos entre los que destacaban Editorial Solaris, la revista VOCES y el Proyecto Cultural Encuentros, todos ellos plataformas culturales con las cuales nos habíamos pertrechado para ofrecer nuestra versión propia de las manifestaciones latinoamericanas en los Estados Unidos. Veníamos a quedarnos para siempre.
Lo cierto es que creamos LATINOVISIÓN, en gran medida para contrarrestar la avalancha de basura cultural que se nos presenta como “Lo nuestro” por aquellas latitudes; basura oropelada que ha sido adoptada en nuestros países de origen con el ardoroso entusiasmo tan peculiar de las masas necesitadas de ‘événements’, como gustan llamarlos los filósofos franceses de moda: mega espectáculos chocarreros y vulgares que nos hacen olvidar, aunque sea fugazmente, nuestras miserias cotidianas y que pasan como manifestaciones culturales que debemos acoger y cultivar como legados para las futuras generaciones. Pensamiento este último que produce náuseas de solo imaginarlo.
La ostentosa “globalización”, que no es sino una versión más insidiosa del capitalismo salvaje y depredador, se ha enraizado por estas latitudes latinoamericanas y el resultado es un esperpento de millares de cabezas con caritas tropicales y tarjetas de crédito en mano. La sociedad de los carros de lujo, de la internet, el cibersexo y el celular (que defienden rabiosamente algunos medios fascistoides, porque de eso viven); del fútbol globalizado, la “fashion barata”, la comida chatarra, las noticias y música basura, son ahora lugares comunes en las que otrora fueran sociedades regentadas por ignorantes criollos quienes hoy día han sido remplazados por otros mutantes más ignorantes y desalmados.
Y es que a fuerza de repetirlo y azotarnos diariamente con la bazofia ya conocida dispensada por los papelazos diarios y la caja de plasma para idiotas, muchos han terminado engulléndola, y hasta afirmándola apasionados como si se tratara de un asunto de vida o muerte digno de tratados filosóficos. Me refiero a los desperdicios de aquellas sociedades de consumo desenfrenado, que por supuesto debe ir a parar en algún lugar de la periferia miserable donde las multitudes ignorantes esperan ansiosas bajo el encanto de la moda democratizada y sus tendencias caprichosas.
Este nuevo 2012 es el año de nuestro décimo aniversario, y las cosas siguen igual o peor que aquel 2002 cuando empezamos con nuestro afán. La avalancha de porquería se ha convertido ahora en parte consustancial en nuestras vidas, y se ha tornado tan normal y habitual, que las nuevas generaciones bajo su embrujo, la han adoptado y hacen gala de ella con gran fervor. Por doquier vemos anuncios móviles en los pechos orgullosos de los adictos consumidores: Armani, La Coste, Real Madrid vs. Barcelona, Ralph Lauren, Alfaguara, Calvin Klein, y hasta el Ché Guevara (¡!) desfilan por nuestros ojos como ubicuas vallas publicitarias que aparecen hasta en la sopa y en los especiales de los martes del supermercado.
Ahora más que nunca es cuando debemos afianzar nuestro compromiso original en LATINOVISIÓN, especialmente en estas épocas de crisis económicas permanentes; crisis confeccionadas en los pasillos alfombrados de Madison Avenue, Londres y Bélgica, en cuyos libros de “pérdidas aceptables” las cifras de pobres en el mundo aumentan tal plagas de langostas que amenazan la prosperidad de “los pocos afortunados y trabajadores”.
Las civilizaciones milenarias que han perdurado hasta nuestro tiempo son recordadas por su arte y su cultura, por sus aportes en materia de humanismo y pensamiento; por sus monumentos, sus tratados filosóficos, científicos y humanísticos y sus grandes artistas y pensadores. Jamás la adquisición desenfrenada de chismes tecnológicos, modas y chatarra exquisita ha sido señal de progreso y desarrollo, como pretenden convencernos los rabiosos apologistas del consumo.
El mejor acervo cultural que un individuo puede ostentar es el de pensar con claridad y vigor, de saber ubicarse imperturbablemente en el entramado de la vida y su contraparte, el horror. Con la seguridad de que vivir, a pesar de sus obstáculos y sufrimientos, es todavía una magnífica oportunidad de ser feliz.
Armando Molina
Editor Ejecutivo, LATINOVISIÓN