SOCIEDAD  |  Feb 2010

Un flagelo escudado en el silencio

Foto de Archivo

Resulta imposible no sensibilizarse y dejar de reconocer que la humillación como secuela de un delito no se resuelve con el fallo. En un sistema de derechos y garantías constitucionales, es imperativo considerar la tragedia humana que representa la Trata de personas.

Por Orlando Merino Recinos

Nada es más repudiable que anular la voluntad de una persona para someterla a condiciones que rebajen su dignidad humana. En un sistema de derechos y garantías constitucionales, es imperativo considerar la tragedia humana que representa la Trata de personas. Testimonios como el de Jonás, ponen en evidencia las secuelas psicológicas que derivan de dicho ilícito, el cual constituye un delito de connotación internacional que ha mutado a partir de la primigenia esclavitud hasta convertirse en el flagelo más solapado de nuestros días.

En el quehacer profesional de un abogado es habitual comentar casos legales y buscar la solución más justa, apegada al Derecho positivo y a la Sana Crítica, en especial para una situación delicada como la vivida por Jonás.

Resulta imposible no sensibilizarse y dejar de reconocer que la humillación como secuela de un delito no se resuelve con el fallo. En el caso de Jonás, la inocencia de sus primeros años de vida fue interrumpida por un fatídico hecho, y Jonás lo tendrá presente por siempre. Pese a que las telarañas del olvido han obrado un hueco en su mente desde hace tiempos, él continúa absorto en el ocio de una tibia tarde, mira fijamente por la ventana de su habitación y afloran de su rostro las lágrimas, un semblante de impotencia y humillación en torno a lo ocurrido.

Bastó una promesa engañosa para inferirle un daño irreparable. Jonás estaba convencido que su vida habría sido diferente, que de no haber emprendido su viaje como ilegal a los Estados Unidos hubiera corrido mejor suerte. El “coyote” que comandaba la riesgosa travesía, conducía al convoy entre arrabales, conocía toda clase de recovecos y subterfugios para esquivar a las autoridades migratorias. Jonás, quien contaba con escasos seis años, viajaba en compañía de su padre, esperanzados ambos en alcanzar el sueño americano. Ni por asomo se imaginaría que su progenitor sucumbiría a las inclemencias del viaje, víctima de una severa infección en las vías urinarias por consumir agua impotable y abandonado a su suerte en un paraje desolado.

El padre rogó  al coyote que llevara a Jonás, pues le era imposible continuar el camino. Jonás lloró amargamente, siendo arrancado del cobijo de su padre, quien le asía a su pecho. Los doce días de viaje habían diezmado las provisiones del convoy, salvo por algunas paradas forzosas en sórdidos hospedajes donde los aventureros aprovechaban para darse un baño, lavar, tender ropa y tomar  alimento caliente, la travesía sería un infierno aún mayor.

Ante la amenaza de cateo de la migra, los huéspedes se ocultaban bajo la cama, en los guardarropas, o bien se amontonaban en el cuarto que servía de almacén y dispensario. Lejos ya de la protección del hospedaje, no hay más remedio que evitar los centros urbanos, adelantar su trayecto a pie y de noche para evitar ser vistos, o abordar como polizones, con el mayor disimulo, los vagones de un tren carguero con rumbo hacia el punto fronterizo de Nuevo Laredo, Tamaulipas. En algún punto intermedio, los aventureros saltan desbocados, desfalleciendo de cansancio, tragados por la frondosa maleza que les permite aguardar la noche y dormir con relativa calma, pero expectantes del acecho de asaltantes.

Jonás sollozaba discretamente, fijaba su mirada al cielo estrellado, aliviado de haber dejado atrás la última pensión donde se alojó tras el abandono de su padre, un inodoro mugroso y maloliente fue el único testigo de la vejación. El coyote que lo llevara a su destino en el Norte, había negociado un encuentro sexual entre Jonás y tres muchachos adolescentes.

Al filo de la media noche, Jonás fue sorprendido mientras orinaba, uno de los muchachos lo amordazó, mientras otro le bajaba el calzoncillo y le ordenaba que no gritase o moriría, que mirase directamente al inodoro mientras desaguaba. Jonás soltó un largo suspiro mientras una correntada de lágrimas bañaba su rostro y caían a la taza del inodoro. Uno tras otro, abusaron de él sin consideración, llevados por sus instintos más aberrantes. Jonás no estaba consciente de lo que le había sucedido, tendido en el suelo, inflamado y adolorido, se levantó y mientras observaba con detenimiento su calzoncillo en busca de explicaciones, esperaba que acaeciese un milagro, que alguien le diera una mano y le diera fuerzas para no sentirse culpable por haber callado.

Volviendo a sí mismo, Jonás prefirió cerrar los ojos, entregándose al sueño y más tarde ya era de día. Despertó para darse cuenta que había sido abandonado por el convoy y que el coyote le había sustraído sus documentos de minoridad, deambuló durante horas hasta  llegar a una encrucijada, desplomándose en el instante. El crucero de vías donde permaneció desmayado no estaba distante de un pequeño poblado, los vecinos del lugar dieron noticia a la policía y ellos acudieron en su auxilio.

Ahora, muchos años después, Jonás se ha recuperado casi totalmente, pero aún guarda recuerdos, por fortuna, cada vez más vagos. Tras haber retornado a su país natal, fue incorporado a programas de psicoterapia para que pudiese superar el trauma y hoy en día funge como un profesional de docencia media, a sus treinta y tres años, practica un pasatiempo muy particular: sustituye sus pocos recuerdos con breves estrofas de poesía…las repite en voz baja, rompe el silencio…

Soy de Dios, una criatura
por mi signo o destino
nací sin cuna, en tierra dura…
El pajarito está sin cama,
duerme, en el temblor de una rama
los dos nacimos en la pobreza.

Maximiliano Hairabedian, autor del libro "Tráfico de personas - La trata de personas y los delitos migratorios en el derecho penal argentino e internacional", (Editorial Ad Hoc, Argentina, 2009) señala que dicho ilícito comienza con el reclutamiento y sigue con la extirpación de la persona de su familia o lugar de origen, mediante el traslado hasta un destino macabro: la explotación sexual o laboral, la adopción ilegal, el comercio de órganos, el tráfico de droga o la participación forzada en conflictos armados.

Este negocio ilícito obtiene su materia prima de los sectores más desprotegidos, puesto que se nutre de la pobreza, la falta de trabajo, el subdesarrollo, la ignorancia, la discriminación a la mujer, la indefensión de los niños, las guerras, la violencia familiar, las restricciones migratorias y los desastres naturales.

Es imperativo velar porque la normativa internacional vigente en la materia se cumpla a cabalidad, como parte del Sistema Interamericano de Derechos Humanos, cabe a la Organización de Estados Americanos vigilar su aplicación, pero corresponde a cada ciudadano denunciar, romper el silencio, para que ilícitos abominables como éste no se sigan produciendo.



** Fragmento del poema “Mi derecho, quiero vivirlo hoy”, de Marco Tulio Recinos